blog_article_sonia

VENDAMOS EMOCIONES,
NO PRODUCTOS

En la película Hitch, especialista en ligues, Will Smith decía: “La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento”. De la misma forma debería medirse la buena publicidad.

Vivimos en un mundo donde la saturación publicitaria es una realidad: el consumidor recibe una media de, aproximadamente, 3.000 impactos al día. Esto se traduce en más de un millón de impactos al año. Pero, de 3.000 impactos al día, ¿cuántos recuerda el consumidor? La cruda realidad es que este no llega a recordar ni el 0,001% de todos esos impactos. Entonces, ¿qué están haciendo mal las marcas? ¿Qué estamos haciendo mal los profesionales del sector publicitario?

Quizás hemos olvidado lo que mueve de verdad a las personas, cuando sería más conveniente olvidar otros aspectos. Olvidémonos de las maravillosas funcionalidades del producto. Total, el de al lado hace exactamente lo mismo, solo cambia su naming y, con un poco de suerte, su color. Dejemos a un lado todo aquello racional y empecemos a transmitir. Lo que sea. Pero transmitamos de verdad, de corazón. El consumidor necesita sentir. Quiere vivir la marca, sentirse parte de ella. Comencemos a vender emociones, no productos. Ante dos marcas que venden una crema con las mismas características, una de ellas te comunica lo eficaz que es contra las arrugas y la otra te asegura que cada una de tus imperfecciones te hace jodidamente perfecta. ¿Con cuál te quedas: con la que te promete la eficacia del producto o con la que te transmite la seguridad de sentirte bien contigo misma?

Asimismo, el análisis “Nothing more than feelings” de la revista The Economist asegura que los anuncios que recurren a las emociones logran quedarse en la memoria a largo plazo del consumidor. Es decir, la memoria que crea los recuerdos. Además, estas emociones conectan con el punto de decisión de compra y es que esta decisión no la toma la parte racional del cerebro, sino que se toma de una forma subjetiva. Por lo tanto, si una marca consigue hacer sentir, el consumidor -sin apenas percatarse- la tendrá en cuenta en el momento de compra y, seguramente, la elegirá por delante de otros productos de la competencia.

Olvidémonos de lo racional y movámonos por lo emocional. Transmitamos, transmitamos, transmitamos. Alegría, nostalgia, euforia. Da igual. Dejemos de calcular los impactos publicitarios a secas y comencemos a calcular los impactos publicitarios que nos dejan sin aliento.

 

Por Sonia Martínez – Ejecutiva de Cuentas